LA SEXUALIDAD HUMANA EN LOS PROPÓSITOS DEL CREADOR

Por: Dr. Donald T. Moore

           

 

            Me dijo una señora un día en una clase, "Antes de casarme entendía que el acto sexual era algo malo y pecaminoso, pero cuando empecé a hacer planes para casarme, entonces me decían que no era así, que era algo bueno".  En otra ocasión un joven me dijo de sus padres,  "Ellos nunca me enseñaron sobre el sexo".  En estos dos ejemplos encontramos parte de la ambigüedad cultural-religiosa actual hacia la sexualidad humana.  Cuando se suma a esto la actitud permisible hacia un doble standard para el hombre y la mujer dentro de la sociedad, se tienen tres de las ideas que más prevalecen en nuestra sociedad hacia la sexualidad humana.

 

             ¿Cómo enfocan las Sagradas Escrituras la sexualidad humana en los propósitos de Dios?  El propósito de Dios se ve con claridad en los relatos de creación en Génesis 1 y 2.  En el primer capítulo se nos informa que Dios creó al hombre y a la mujer en el sexto día y luego califica toda su nueva creación como "muy bien o bueno" (1:31).  Al final de cada uno de los primeros cinco días Dios califica todas las cosas materiales creadas como "bueno" o "bien" (1:4, 11, 12, 18, 21) en vez de "muy" bueno o "muy" bien.  A pesar de esto es cierto que al final del primer relato de la creación las califica todas como "muy o bien buenas".  Pero lo más importante es que Dios califica toda su creación material como muy buena -- y esta calificación incluye nuestras naturalezas sexuales, porque ya había creado al hombre y a la mujer (1:26-27).  Esto nos lleva a la conclusión de que Dios creó la sexualidad humana como una parte buena de los seres humanos y de que en sí el sexo no es malo o sucio o pecaminoso, porque todo que Dios crea es "bien" bueno.

 

            Esta actitud bíblica concuerda muy bien con los estudios recientes de las ciencias médicas y las recomendaciones de muchos libros escritos por médicos sobre la sexualidad humana.  Se reconoce que el acto sexual es una expresión de la naturaleza biológica sexual.  Es decir, los dos sienten una necesidad de expresarse sexualmente.  Esto pone de manifiesto que el sexo no es solamente para el disfrute del hombre, porque él como "macho" tiene que expresarlo y que la mujer consiente solamente para complacerle a él.  No, el apetito sexual es una parte innata de todos los seres humanos tanto mujeres como hombres.

 

            La actitud negativa hacia el sexo entre algunos intérpretes religiosos a veces se apoya en una interpretación de Génesis 3.  Ellos afirman que la fruta prohibida y el pecado de Adán y Eva fue el acto conyugal sexual, cuando la primera pareja desobedeció a Dios en esto, como castigo Dios los arrojó del huerto.  Para algunos entonces no fue una caída en el pecado sino una acción progresiva inevitable.  En vez de ser una interpretación acertada del texto en Génesis, estos intérpretes le imponen sus propias ideas, supuestos, y prejuicios allí.  Ellos pasan por alto el hecho de que en el primer capítulo Dios le dió a la pareja un mandato de que los seres humanos debían multiplicarse y llenar una tierra despoblada (1:28).  Claramente para hacer esto tendrían que vivir como matrimonios.  Esto quiere decir que si no hubieran tenido relaciones sexuales, hubieran desobedecido a Dios: exactamente lo contrario de lo que estos intérpretes comentan.

 

            En el capítulo 2 cuando Adán no encuentra compañera idónea entre los animales (2:19-20), Dios le crea una con el fin de que los dos llegarán a ser "una sola carne" (2:21-24).  ¿Qué quiere decir esto?  La mayoría de los teólogos de hoy están de acuerdo de que "una sola carne" se refiere al acto sexual en el matrimonio.  Según el relato Dios aprueba esta relación a tal grado de que El mismo personalmente y sin intermediario creó una compañera idónea y adecuada para el hombre.  No delegó este acto de creación a ningún ángel!  Esta idoneidad en parte envolvía el acto matrimonial.  Concluimos, pues, que a propósito Dios creó las diferentes naturalezas sexuales y a propósito Dios formó una mujer idónea para el hombre.

 

            Hay otro detalle de sumo interés aquí:  Dios creó solamente una mujer para el hombre.  Este hecho le llevó a Jesús siglos después de la creación a decir,  "Lo que Dios une, el hombre no debe separar"  (Mateo 19:6).  Es decir, Dios creó un hombre para una mujer para toda la vida.  Por lo tanto, el propósito divino en el matrimonio es un hombre para una mujer para toda la vida uniéndose en "una sola carne."  Queda excluido, entonces, la poligamia y la práctica del concubinato.  Adán no pobló la tierra teniendo muchas esposas.

 

            Pero aquí mismo los patrones culturales impuestos en nosotros y que nosotros imponemos a su vez en otros difieren del propósito divino.  El standard doble entre el hombre y la mujer se nota parcialmente en la expresión de machismo.  Ser un hombre de verdad, para muchos, implica no limitarse a una sola mujer de por vida.  El hombre puede ser como la abeja pasando de flor en flor, pero  !ay! de la esposa que intente lo mismo!  El está dispuesto a obligar a su mujer a serle fiel a todas costas, y esto puede envolver el uso de la violencia hasta derramar la sangre para imponer su criterio.

 

            Tal patrón cultural lo ha aprendido de otros humanos que lo aprendieron a su vez de otros.  Es decir, la cultura es creación humana, y no Divina.  Por eso, las escrituras pueden dirigirse a nosotros y ayudarnos a corregir las tradiciones humanas explicándonos los propósitos divinos.  Las escrituras con claridad nos dejan ver que Dios creó a un hombre para serle fiel a una mujer para el resto de la vida de ambos.  En lo moral Dios espera lo mismo de los dos; al hombre no le da unas libertades que no las tiene la mujer.  Hay una sola norma de moralidad sexual y es el standard de nuestro Dios Creador.  El único standar divino implica que Dios los trata a los dos por igual: lo que Dios espera del hombre, también lo espera de la mujer.  Si Dios hubiera esperado que el hombre fuera un "Don Juan Tenorio", entonces hubiera esperado que la mujer fuera "una Doña Juan Tenorio", y que si Dios espera que la mujer sea una "Santa María", también espera que el hombre sea un "San José".

            Podemos concluir que el sexo y el acto sexual matrimonial no son malos en sí y por sí, porque Dios como creador creó todo "muy bien".  La moralidad del sexo tiene que ver con el uso del sexo, no con su existencia.  Dios lo creó "muy bueno" para su expresión dentro del matrimonio con fines buenos, aunque nuestras actitudes, motivaciones y pensamientos también pueden distorsionarlo o degradarlo.

 

            Sólo unas décadas después de Cristo algunos que se creían seguidores de las tradiciones de los apóstoles se apartaron de esta interpretación del sexo.  Pero Pablo había advertido de esto cuando escribió su primera carta pastoral a Timoteo:  "en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, siguiendo espíritus engañadores y enseñanzas que vienen de demonios...  Esta gente prohibe casarse..." (1 Timoteo 4:1-3).  Esta prohibición del sexo se desarrollaría de una valoración negativa del sexo y del acto sexual.  Está presente antes del siglo IV y especialmente en los pensamientos de San Agustín, y por él, sus seguidores y el movimiento monástico se transmitió a través de toda la Edad Media.  En el siglo XII la Iglesia Católica Romana promulgó una ley prohibiendo a los sacerdotes el matrimonio, aunque en el siglo IV en el Concilio de Nicea (325 D.C.) se había intentado implantar una ley prescribiendo el celibato para todos los órdenes monásticos.  También el Concilio de Trento a mediados del siglo XVI reafirmó esta prohibición, y ha perdurado hasta el día de hoy.  El actual Papa se ha visto obligado a defender esta prohibición eclesiástica del casamiento de los sacerdotes y los monjes en múltiples ocasiones en varios países.  Aunque los defensores de esta tradición traten de buscar apoyo en la Biblia, no hay ningún texto bíblico que estipula directamente la abstención del sexo para el ministerio cristiano.  De hecho la inversa es cierto.  Se estipula que el pastor cristiano tenga solamente una esposa (1 Timoteo 3:2,12; Tito 1:6-7).  También los mismos apóstoles tenían sus esposas (1 Corintios 9:5) incluyendo Simón Pedro (Mateo 8:14; Marcos 1:30).

 

            Esta misma valoración negativa del sexo aun en el matrimonio llevó a teólogos y líderes eclesiásticos en los primeros siglos a defender la virginidad perpetua de María.  Paras sostener esta posición negaron que José y María vivían como esposos a pesar de Mateo 1:24-25 y que nunca tenían otros hijos a pesar de Mateo 13:55-56.  Pero no fue hasta el siglo pasado en 1854 con la definición de la concepción inmaculada de María en el Primer Concilio Vaticano que logró formar parte de la dogma oficial para todo Católico Romano.  Esto señala que por más de 13 siglos no fue enseñanza oficial y solamente ha sido creencia obligatoria para los Católicos por un siglo y cuarto.

 

            Lo que si se puede decir en cuanto a la base bíblica para la abstención del sexo es que Cristo específicamente dijo que debido a la naturaleza de algunos debían permanecer solteros (Mateo 19:11-12), pero esta decisión debía ser voluntaria -- y no impuesta por otros.  Aunque es cierto que Jesús nunca se casó (la enseñanza de los Mormones, es decir, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de que María Magdalena, María y Marta eran sus esposas y que Jesús se casó en la boda de Caná de Galilea se trata de supuestos sin fundamento real bíblico), su ejemplo en esto no es obligatorio para cristianos hoy.  Aun Pablo nunca mandó a que el cristiano se quedara soltero, aunque su creencia en la cercanía de la segunda venida de Cristo si influía su preferencia a que uno no se casara (I Corintios 7:6-9, 25-40).  No hay ninguna evidencia explícita de que Jesús y Pablo asumieran su posición de una valorización negativa del sexo.

 

            No, el estado de matrimonio en sí no es un estado inferior al estado de celibato.  La valorización positiva del Creador en los capítulos iniciales de Génesis nunca se modifica en la Biblia, pero tanto Jesús como Pablo reconocen que solteros y casados todos pueden servir a Dios.  Casarse no es condición para ministrar la palabra de Dios; tampoco es permanecer soltero.