LA MUERTE DE CRISTO, ¿QUÉ SIGNIFICA PARA NOSOTROS?
Por: Donald T.
Moore
La
parte central de Dios en nuestra salvación fue la muerte de Cristo en la cruz
del Calvario durante el primer siglo.
Por supuesto la muerte de Cristo es inseparable de su resurrección. De otra forma sería solamente la muerte de
otro hombre sin gran significado para nosotros hoy. La muerte y resurrección de Cristo forman dos
fases del evento cumbre del Nuevo Testamento.
Cada una implica la otra.
La
revelación en la Biblia del significado de la muerte de Cristo incluye tanto el
evento histórico como la interpretación de su significado. Tiene gran importancia como algo histórico a
pesar de que muchas personas -- en especial durante la época de Semana Santa --
lo ven como algo mítico, algo que realmente no ocurrió, algo que les causa gran
emoción y sentimiento al verlo presentado en película y en forma dramática en
el gran retorno de todos los años. Toda
esta repetición año tras año junto a las lágrimas y sentimientos fuertes de la
impresión de que todo fue una fábula ficticia, que algo real que ocurrió una vez
en la historia unos dos mil años atrás.
Pero la revelación cristiana normalmente consta de dos partes como en
este caso -- el acontecimiento en la historia y la interpretación del evento.
Aproximadamente
el 50% de los cuatro evangelios describen los eventos de la muerte de Cristo y
su resurrección. Narran con lujo de
detalle su pasión y los dos procesos jurídicos, pero muy poco dicen en cuanto
al significado o la interpretación de esa muerte. Es solamente después de la ascensión de Jesús
que los apóstoles comienzan a interpretar el significado de este evento. Estas interpretaciones aparecen en sus
sermones en el libro de los Hechos y en sus cartas del Nuevo Testamento.
No
la interpretan en una sola forma, sino que le dan varios significados. Eso demuestra tanto su complejidad, como su profundidad
de significado. Es como un diamante que
brilla en forma diferente de cada lado.
No importa en qué lado esté uno, se ve un nuevo aspecto significativo y
bello de una sola joya. Así es la muerte de Cristo. Su profundo significado no permite a que una
sola explicación de abasto: por eso son necesarias muchas explicaciones para
tratar de comprender el profundo significado que conlleva para la fe cristiana,
porque se trata del evento más importante narrado en toda la Biblia. Algunos de los términos usados para describir
su profundo significado incluyen la justificación, la redención, la
reconciliación, la salvación, el perdón, la remisión del pecado, el precio del
rescate, la santificación, la adopción y la liberación.
Nos
limitaremos aquí a analizar solamente algunas de estas doctrinas a base de los
pasajes más claros y más clásicos para ver y entender mejor estos aspectos del
significado de la parte esencial de Cristo en nuestra salvación.
UNA SOLA VEZ
PARA SIEMPRE
1
de Pedro 3:18 dice que "Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros
pecados, una vez para siempre". Está claro que no delegó la obra
expiatoria a ningún otro: nadie más ha sufrido por nosotros -- ningún otro
santo o virgen o profeta o ser humano que haya vivido. Solo Cristo nos ha amado tanto para sufrir
así por ti y por mí. Su obra es
única. Al decir que "Cristo
mismo" murió (1 Pe.), hace claro que Cristo Jesús en persona murió en la
cruz. Dios no sustituyó a otro hombre en el último momento y así proteger al
profeta Jesús de una muerte avergonsoza. No se trataba de alguien que se
parecía a él quien fuera crucificado. Tampoco era que la gente crucificó a otro
por equivocación, creyendo que era él. El Corán y el Islam niega enfáticamente
a que el profeta Jesús haya muerto en la cruz, pues eso hubiera significado la
derrota de un profeta de Dios, y eso Dios nunca hubiera permitido. No obstante,
los apóstoles hacen claro que fue el mismo cuerpo del hijo de María que fuera
crucificado en la cruz, pero lejos de significar una derrota, fue una victoria
aplastante. También está claro que murió.
La historia de Jesús no es un mito, realmente ocurrió, fue un evento
histórico; definitivamente sufrió la muerte durante el primer siglo en los
tiempos de Poncio Pilato y el emperador Tiberio. Pero no murió para su propio beneficio, sino
para beneficiarnos. Hizo la obra en la
cruz del Calvario a favor de nosotros.
Se trata entonces de una muerte vicaria o sustitucionaria. El sufrió lo que tu y yo merecemos debido a
nuestros pecados. Cargó con ellos
sufriendo las consecuencias de la muerte por nosotros.
Además
lo hizo "una vez para siempre". Esto significa que nunca se tiene o
se puede repetir su obra expiatoria. Los
efectos benéficos de ella perduran por toda la eternidad. No se trataba de un sacrificio eficaz
solamente para unos cuantos años, sino de una ofrenda por el pecado de tanto
valor y eficacia, que jamás se tiene que repetir, aún en forma incruenta (sin
derramamiento de sangre). En Hebreos cinco veces en tres capítulos (7:27:9:12,
26, 28; 10:12) el escritor sagrado repite esta misma frase para contrastar los
efectos permanentes e infinitos del sacrificio de Cristo con los
sacrificios regulares y frecuentes de los animales como fue estipulado en el
Antiguo Testamento y practicado por los judíos.
Los efectos de estos sacrificios en el templo de Jerusalén eran
temporeros, no duraron más de un año y frecuentemente menos, porque el
holocausto se repetía a diario en el templo y con frecuencia varias veces al
día. No es así el sacrificio de Cristo
de si mismo por nuestros pecados; al hacer un solo sacrificio hace 20 siglos,
hoy día no queda necesidad para más ofrenda por el pecado.
Se
simbolizó el fin de todos los sacrificios por el pecado cuando Jesús murió en
la cruz. No solamente dijo
"consumado es" (Jn. 19:30), sino también el velo entre el Lugar Santo
y el Santísimo Lugar en el único templo judío se partió desde arriba hasta
abajo (Mt. 27:51 Mr. 15:36; Lc. 23:45). Su importancia se ve en que se hace
resaltar en cuatro lugares en el Nuevo Testamento. Una parte del significado de este
acontecimiento narrado por los tres evangelistas y en Hebreos 10:19-20 fue para
proclamar que el significado perfecto y de infinito valor en su alcance ya fue
ofrecido en la cruz, en el cuerpo de Cristo y que desde ese momento hasta el
fin del mundo no quedaba ninguna necesidad para más sacrificios hechos por
cualquier ser humano.
Hebreos
7:27-28 nos informa del sacrificio del mismo Cristo hecho "una sola
vez" Esa singularidad en parte se debe a que Cristo, como sumo sacerdote
fue perfecto. Así que el Hijo como
sacerdote lo hizo perfecto para siempre.
Así mismo Hebreos 9 nos informa que una sola vez y para siempre Cristo
ha entrado al santuario del cielo que es más perfecto que el terrenal. De esa forma el Hijo ha obtenido para
nosotros una salvación eterna. Además su
sacrificio en el Calvario supera a todos los demás, porque "su
sangre" hace más que purificar la parte externa, también limpia nuestra
conciencia. Ese sacrificio supera a los
ofrecidos por los sacerdotes en templos humanos donde se repite el sacrificio
frecuentemente usando sangre ajena; Cristo entró al santuario celestial
ofreciéndose a sí mismo en sacrificio para quitar el pecado "una sola vez
y para siempre" (9:26-28). Esa
única vez fue lo suficiente para ofrecer uno perfecto y de valor y alcance
infinito; por lo tanto, fue permanente y no temporera. Además Hebreos 10 nos informa que en realidad
los sacrificios del Antiguo Pacto, en vez de quitar sus pecados, les recordaban
los mismos. En verdad estos sacrificios
no agradaban a Dios, pero si le agradó sacrificio del cuerpo de Jesús "una
vez para siempre" (10:10). Y luego
de ofrecer "un solo sacrificio para siempre", se sentó a la derecha
de Dios - y eso indica que no solamente había terminado su obra y ahora
esperaba el triunfo final sobre sus enemigos, sino que ya tendría el oído del
Dios Padre para interceder. Pudo
sentarse sólo "porque por medio de una ofrenda hizo perfectos para siempre
a los que han sido consagrados a Dios" (10:15).
Y
todo esto significa que desde que los pecados fueron perdonados, "ya no
hay necesidad de más ofrendas por el pecado" (10:18) -- ni humanas, ni
sacerdotales, ni eclesiásticas, ni personales y tampoco de parte de Dios.
EL PRECIO DE
REDENCION Y DE RESCATE
I
de Pedro 1:18-19 hace claro que se tuvo que pagar un precio muy caro por
nuestra salvación. Tan claro era, que
exigía la muerte del mismo Mesías, el único Hijo de Dios. Era tan costoso que no se podía pagar con
dinero de plata o de oro o con cualquier cosa corruptible, como la sangre
humana o animal. Se exigía un sacrificio
perfecto, por eso el "gran precio" (I Cor. 7:23) de nuestra redención
o rescate sólo se podía pagar con la "sangre preciosa" del Mesías.
La
palabra "redención" se asociaba con la esclavitud y el precio pagado
por la emancipación del esclavo.
Visualiza el significado de la muerte de Cristo en términos de nuestra
esclavitud al pecado, los vicios y sus consecuencias, incluyendo la
muerte. De manera que Cristo pagó todo
el precio necesario para efectuar nuestra liberación.
La
palabra "rescate" sugiere un secuestro o rapto. Visualiza el significado de la muerte de
Cristo en términos de que nosotros hayamos sido secuestrados por el pecado y
que la única manera de salir libres sería pagar todo el precio exigido. Desde luego Cristo y nuestro Dios (I Cor.
6:20) pagó todo este precio por la salvación tuya y la mía. No nos queda en lo absoluto por pagar, e
intentar pagar con obras morales y ceremoniales sería como una bofetada para El
o como escupirle en la cara. ¿Qué fue lo
que compró? ¿El alma? No, según este texto, compró nuestro cuerpo que ahora
también es posesión de Dios.
En
la 1 Timoteo 2:5-6 se hace resaltar este concepto de un precio asociándolo con
la relación singular de Jesucristo como el único hombre que puede llevarnos a
Dios por ser el único mediador entre Dios y el hombre.
Esto
se debe a que sólo Cristo se entregó a la muerte con el fin de pagar todo el
precio de rescate de nuestra salvación.
Si Cristo efectivamente pagó todo el precio, ¿Cuánto nos queda a
nosotros por pagar? Por supuesto, no nos
queda nada en lo absoluto, y si tratamos de insistir en pagar una parte por
medio de la moralidad o por otras obras, sólo ofendemos a "Dios nuestro
Salvador" y no logramos lo que nuestro orgullo desea. Por eso en parte solamente "muchos"
(Mr. 10:45) -- no todos -- son efectivamente rescatados a pesar de que se pagó
"por todos" (1 Ti. 2:6).
EL PERDON DE NUESTRAS CULPAS Y PECADOS.
Gracias
a su gran amor y las riquezas de su gracia, además de la redención como
creyentes, tenemos "el perdón de nuestras transgresiones" (Ef. 1:7, 1
Jn. 4:10). Un término técnico que
expresa esta idea es la remisión de los pecados; Dios ha enviado nuestros
pecados a una distancia tan lejos que ni siquiera se acuerda de ellos. La palabra transgresión sugiere
"fallar en el blanco".
El
apóstol Juan lo expresa de la siguiente manera: "la sangre de su Hijo nos
limpia de todo pecado" (1 Jn. 1:7).
Lo ve en términos de limpieza. Nos ensucia el pecado, haciendo necesaria
una limpieza. Para efectuarla el
precioso líquido de la sangre del Hijo de Dios limpia "nuestro vaso"
por completo: somos limpios de todo pecado, y esto envuelve lo que cometemos en
el pasado y en el presente y también los que cometeremos en el futuro. Esto es, los de ayer, de hoy, y de mañana. Además se trata de toda clase de pecado, se
nos limpia aún de los pecados más infernales, los mortales y veniales. No hay ninguna clase de pecado que este
"detergente" del hijo de Dios no logra eliminar. Tampoco esta su ofrecimiento en sacrificio
limitado a unos cuantos favorecidos o a una raza o clase de personas en
particular, sino que tiene un alcance "a los de todo el mundo" (1 Jn.
2:2).
NUESTRA LIBERACION
Es
posible expresar el perdón en términos de liberación. Así lo hizo Juan en Apocalipsis 1:5 la sangre
de Cristo nos libró del pecado. A veces
en la Biblia la sangre de Cristo es una expresión para indicar su muerte, como
en este caso. Su muerte nos ha dado la
libertad de la tiranía del pecado.
El
hecho de que tenemos que ser librados por otro, sugiere ciertas características
de nuestra condición existencial que Pablo describe en forma explícita en
Romanos 5:6-11. Cuando éramos débiles
o incapaces de salvarnos. Cristo
murió por nosotros (v. 6). Nuestra
condición era como uno que está a punto de ahogarse en la profundidad del
mar. No podía hacer nada para salvarse a
sí mismo: los esfuerzos propios sólo hacían acercarse el fin más rápido. Ningún ser humano puede obrar o efectuar su
propia salvación. Además cuando éramos
pecadores (V. 8). Cristo murió por
nosotros. Eramos incapaces de salvarnos
por ser desobedientes, pecaminosos, rebeldes y orgullosos. Así mismo cuando éramos enemigos. Cristo murió por nosotros (V. 10). Pocos se consideran enemigos de Dios, pero
todo pecador antes de ser librado del pecado se encuentra en enemistad con Dios
por no haberle obedecido en todo momento.
Debido
a nuestra condición de debilidad, de pecador y de enemistad con Dios, era
necesario que otro nos librara. Cristo
efectúa nuestra libertad por su sangre.
También nos libra de la culpa y de la ira de Dios o el "castigo
final" que justamente merecemos (V. 9).
No hay que temer el castigo final, porque el cristiano ya ha sido
librado de él. Así mismo nos libra de la
"presente época malvada" o del "presente mundo perverso"
(Gá. 1:4).
Esta
idea de nuestra liberación o emancipación por Cristo es contraria a lo que
piensan muchas personas hoy.
Frecuentemente preguntan, "¿qué tengo que dejar de hacer si me meto
en tu religión?" La idea es
clara. Creen que ya tienen libertad y
meterse en la religión sería una especie de esclavitud. ¿Obtendrían esta idea de lo que exigen muchas
denominaciones con sus múltiples reglas humanas impuestas por algunas iglesias? De todas formas es una idea totalmente
contraria al verdadero significado de la muerte de Cristo.
NUESTRA
VICTORIA
Jesús
vino en la carne y sangre como ser humano con el propósito de destruir el poder
y dominio del diablo por medio de su muerte (Heb. 2:14-15). Colosenses 2:14-15
y 20 hace claro que la muerte de Cristo significa el poder de Dios para dar una
nueva vida victoriosa a su pueblo. Lo libra de la sentencia merecida de la
condenación y hace posible la promesa de la resurrección del cuerpo de cada
seguidor que haya muerto. Era una victoria sobre la muerte efectúa del perdón
de todos los delitos y pecados (I Jn. 1:7). A través de su muerte en la cruz
Jesús hizo nulo la sentencia de condenación que merecíamos como pecadores y
violadores de la ley de Dios. Así que nos dio la victoria final acabando con la
vigencia de la ley y su sentencia por medio de su muerte en el Calvario.
Esta
victoria, triunfo o conquista de Cristo en la cruz incluía el vencimiento de
los poderes y espíritus malignos existentes en el universo. Los vocablos
"principados" y "autoridades" se refieren al diablo y a sus
huestes demoníacos (comp. Ef. 1:20-21; 3:10; 6:10-12). La derrota de estos
poderes malignos fue completa, final y aplastante, pues los desarmó, los
capturó y los llevó presos en un desfile victorioso parecido a lo que los
generales del ejército Romano acostumbraban hacer al regresar con su botín de
guerra a Roma. Fue un desfile delante toda la ciudad exhibiendo los prisioneros
de guerra delante de todos. La exhibición pública de las fuerzas demoníacas los
exponía a la burla puesto que el triunfo sobre ellos se hizo por medio del
mismito instrumento que ellos pensaron usar para la derrota de Jesús. ¡Que
ironía! El árbol que todos creían que fuera la causa de su derrota se convirtió
en el instrumento de su triunfo. El instrumento de su desgracia y su muerte por
medio del cual el diablo pensó vencerle se transformó en el arma de su propia
destrucción.
Este
triunfo fue posible debido a la muerte de Cristo en la cruz en cumplimiento a
la primera profecía mesiánica en Gén. 3:15 donde se profetiza que la
descendencia de la mujer propinará un golpe mortal a la de la serpiente. De
manera que la victoria sobre Satanás y sus secuaces fue completo e irrevocable.
Sólo quedaba ahora la limpieza final. Pero Jesús, el Señor y el Rey de reyes,
hará eso conforme a su plan redentor en el final de los tiempos (Ef. 1:20-23;
Apo. 1:17-18; 12:1-17).
Existen
dos símbolos que las iglesias usan con frecuencia para simbolizar la redención
de Cristo en la cruz. Uno representa a Cristo como la víctima y el otro como el
vencedor, el conquistador, el triunfador. El primero es el crucifijo y el otro
es una cruz vacía. Los dos representan diferentes fases del significado de la
muerte de Cristo, y ni uno ni el otro por sí solo representa todo el
significado de su muerte debido a que Cristo era víctima a la vez que era
vencedor. Su disposición de ser la víctima hizo posible su triunfo. Su
humillación hizo posible su exaltación. Juan el Bautista expresó su muerte como
víctima cuando dijo a sus discípulos, "He aquí el cordero de Dios que
quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29). Esta descripción cuadra muy bien
con la profecía el siervo sufriente en Isaías 53. No obstante, recoge solamente
una parte del significado de la muerte de Cristo.
De
otro lado es vencedor y esta realidad se expresa con el símbolo de una cruz
vacía que a su vez indirectamente señala el hecho histórico del poder de Dios
en la resurrección. Pues Jesús no se quedó colgando de la cruz como un muerto
agonizando por la eternidad. sino se levantó victoriosamente de la muerte
efectuando así su propio triunfo y el nuestro. A la vez despojó todas las
fuerzas malignas del poder que tenía para encadenar y esclavizar al pueblo
cristiano. Todo esto se anticipó durante la vida de Jesús, pues en los
evangelios todos sus encuentros con los demonios y endemoniados culminaron en
la derrota de ellos. Una y otra vez Jesús libertó a la gente necesitada y
adolorida de los demonios y de esa manera demostró tanto su poder sobre el
diablo como la llegada del reino de Dios al mundo (Mt. 12:22-29; Jn. 12:31;
16:11; 1 Jn 3:8). Aun ellos reconocían esa derrota desde el primer momento de
su encuentro (comp. Lu. 9:26-39).
Esta
victoria de Cristo sobre el maligno garantiza también nuestra victoria sobre
Satanás y los espíritus malignos (1 Jn. 4:4), pues ya se peleó la batalla
decisiva entre Dios y las huestes de maldad en la cruz. Ya el destino de ellos
está sellado, está determinado, ya han recibido el golpe mortal, su sentencia
ya fue pronunciada. Aunque todavía nuestro "adversario, anda alrededor
como un león rugiente buscando a quién devorar" (1 Pe. 5:8), a su
autoridad y poderío se ha puesto freno. Por lo tanto, ya sus días son contados
(comp. Apo. 12:12). Además el cristiano tiene la promesa de que ahora el
maligno huirá de él (Santiago 4:7; 1 Pe. 5:9). El enemigo y sus secuaces ya
están derrotados. Debido a eso el cristiano no tiene porqué temerlos, pues el
maligno ha sido arrestado, salió convicto y fue sentenciado a la cárcel y en
este momento está libre temporeramente debido a una fianza (comp. Mt. 25:41; 1
Cor. 15:24-28; Apo. 20:7-10).
NUESTRA JUSTIFICACION
La
muerte de Cristo también hace posible nuestra justificación. La Versión Popular parafrasea este término
técnico con dos frases que se consideran definiciones. Justificar quiere decir "declarar libre
de culpa" o "libre de
culpa". La justificación es uno de los términos principales usado en los
libros de Romanos y Gálatas.
Uno
de los pasajes claves es Romanos 3:21-28 donde asocia estrechamente la parte de
Cristo en la salvación con la parte del hombre.
La sangre de Cristo hace posible la justificación (Ro. 3:25). Todos somos pecadores e incapaces de alcanzar
la gloria de Dios. Por eso Dios optó por
escoger una forma de expiación que satisficiera su demanda para la justicia
divina: su voluntad que había sido violada por nosotros; como consecuencia
alguien tenía que sufrir el castigo merecido; Cristo era la víctima
escogida. Por lo tanto no se nos exige
el cumplimiento de la ley para ser justificados (declarados libres de culpa).
La
palabra justificación visualiza un tribunal de justicia
donde el juez exonera al culpable del castigo, porque otro había sufrido el
castigo. Por lo tanto, el juez declara
al culpable justificado o inocente o libre de culpa a base de lo que hizo su
sustituto. Para poder aplicar esta
justificación a cualquier ser humano o para uno recibir el beneficio de la
muerte de Cristo, se exige el cumplimiento de la condición - la fe en
Cristo. Potencialmente todo ser humano
podía ser justificado, pero solamente aquellos que ponen su fe en Cristo podrán
disfrutar del beneficio de su obra expiatoria.
No se debe pensar en la exoneración o declaración de inocencia del juez
como algo meramente legal, porque va más allá de la mera legalidad. Envuelve también el aspecto vital del ser
humano.
NUESTRA
RECONCILIACION
Desde
los tiempos de Adán y Eva el pecado separa al hombre de Dios. Cuando Adán se escondió de Dios, evidenciaba
esta separación. Hoy expresiones como
"siento que mis oraciones no pasan de este techo" y "me siento
vacío" lo indican como una realidad existencial.
Dios
es el único que puede poner al hombre en paz consigo mismo. Y esto es la primera forma en que la muerte
de Cristo efectúa nuestra reconciliación.
2 Cor. 5:15-21 es el pasaje clásico sobre la reconciliación entre el
hombre y Dios. Dios -- estando en Cristo
-- proveyó para esa paz consigo mismo por medio de la muerte de Cristo; de esa
manera no culpa a cada persona por sus propias transgresiones. San Agustín expresó esta idea diciendo que el
hombre no encuentra paz hasta que la halle en Dios. A la vez que uno es reconciliado con Dios
también se convierte en un embajador o emisario que trata de efectuar la
reconciliación de otros con Dios, estimulando a otros a hacer las paces con
El. Col. 1:20-22 también hace resaltar
que lo que reconcilia a uno con Dios, lo que trae la paz con Dios, es la sangre
de Cristo. Esta transforma enemigos de
Dios o personas preocupadas por las malas obras en santos perfectos delante del
juez celestial.
La
reconciliación entre otras personas es la segunda manera en que la
muerte de Cristo reconcilia. Desde los
tiempos de Adán y Eva existía desarmonía entre los seres humanos, como se ve en
los casos de la primera mujer y el primer hombre y de Caín y Abel. Efesios 2:13-16, 22 indica la formación de
una nueva comunidad espiritual creada por Cristo por medio de su muerte. En un tiempo los gentiles o los no-judíos que
estaban lejos de Dios y así separados del pueblo de Dios y así separados del
pueblo de Dios eran enemigos. No
obstante Cristo "abolió la ley de los mandamientos" que los separaba
y creó un sólo cuerpo de estos dos pueblos.
De esa manera destruye la enemistad entre ellos. Esto significa que para ser reconciliado no
es necesario observar las leyes mosaicas ya abolidas por Cristo en su muerte
(compare Col. 2:14). La muerte de
Cristo, por lo tanto, no solamente significa paz entre el creyente y Dios sino
también efectúa una paz y unidad entre enemigos o entre personas que no se
llevan bien.
La
tercera manera en que la muerte de Cristo efectúa una reconciliación se ve
en relación con todo el universo o cosmos (Col 1:20) y su renovación. Desde el pecado de Adán y Eva el universo se
veía dañado por la desobediencia, el orgullo y la rebeldía del hombre (Gén. 3:17-18).
NUESTRA NUEVA
VIDA
Cristo
murió con el propósito de darnos una nueva vida. Sufrió la muerte para que
vivamos una vida de rectitud siguiendo el ejemplo de Jesús (1 Pe.
2:21-25). No murió con el fin de enseñarnos
a morir. ¿Cuántos de nosotros tenemos
que morir sufriendo la agonía única de una crucifixión?
¿Cómo
es esa vida nueva? Es como la de Cristo,
porque nos dio un ejemplo para que seamos como El (v. 21). Vivió su vida sin pecar sin engañar a otros. Era humilde.
No era un respondón cuando otros le decían algo mal. No contestaba con insultos a los que le
insultaban. ¿Se acuerda cuando los
soldados de Herodes se burlaban de él?
Se quedó dado. No amenazaba con
fuego del cielo, como mandaba Elías cuando los soldados del rey le fueron a
capturar. Tampoco escuchó los fogosos
consejos de sus discípulos (Lu. 9:53-54).
Además
cuando el estaba en la cruz. Oró por sus
enemigos, encomendándolos al Dios justo.
No era una oración como muchos hacen: "¡Qué Dios se los
pague!" sino "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"
(Lu. 23:24). Esteban (Hch. 7:60) siguió
este ejemplo que es para nosotros también y en especial cuando sufrimos. Esta es la clase de vida que el quiere
darnos. Envuelve una convivencia más
profunda que una moralidad legal, porque El nos enseñó como amar en hecho. (1
Jn. 16:18).
Es
también una vida que vivimos conforme al Espíritu (Ro. 8:3-4) y no conforme a
la carne. Además es una vida que vivimos
para él (2 Cor. 5:15). No quiere que
nosotros vivamos solamente para nosotros mismos, sino que nuestro interés
principal debe ser su causa. Ya que el
hombre natural vive una vida egoísta.
Cristo la transforma en una vida preocupada por los intereses de Dios y
su causa.
Además
esa nueva vida es una con propósito; es una que tiene sentido, una vida
útil. Por eso dio su sangre preciosa
sacando a la persona de una vida sin sentido (1 Pe. 1:18).
Por
último también es una vida vivida juntamente con El (1 Tes. 5:9-10). Dios no quiere que pasemos esta vida y la
otra separada de El. Su amor es tal que
quiere nuestra compañía para siempre, aunque otros no puedan soportarnos ni
siquiera por un tiempo corto. Su amor
para con nosotros no es nada superficial o pasajero: es tan profundo que El
puede aguantar nuestra presencia con beneplácito por toda la eternidad sin
cansarse de ella.