El CRISTO DE LA FE CRISTIANA
Por: Donald T. Moore
La
palabra cristiano tiene muchos significados en nuestra sociedad
hoy. Cuatro aparecen en los siguientes dos ejemplos. El primero es un diálogo
entre Juan y Tomás.
Juan:
"Hay muy, pero muy pocos cristianos en Puerto Rico, pues hay tantos
ladrones, criminales, drogadictos y mentirosos... pues es obvio que hay
solamente unos cuantos cristianos en la Isla".
Tomás:
"Te equivocas, Juan. En Puerto Rico casi todos los más de 3,500,000
habitantes son cristianos, pues casi todo el mundo tiene su acta de
bautismo".
Está
claro que Juan y Tomás tienen diferentes definiciones de lo que es ser
cristiano. Para Juan solamente los que tienen una conducta moral y agradable
son cristianos. El criterio que él usa es principalmente el comportamiento. La
buena conducta hace que uno sea cristiano. Si uno es buena gente -- una persona
simpática y bondadosa -- se es cristiano.
Tomás
tiene otra definición de lo que es ser cristiano, pues cualquiera que haya sido
bautizado, que haya sometido o que le hayan sometido a ese rito es cristiano
sin tomar en cuenta su conducta diaria. Someterse a ese rito iniciativo
eclesiástico basta para convertir a uno en cristiano.
Un
segundo ejemplo evidencia otras dos definiciones de lo que es ser cristiano.
Varios años pasados visité a una viejita en un barrio de Salinas. En la
conversación me dice: "Fíjate, hace poco mi comadre de muchos años me dice
que ella se metió en una religión, y que ya yo no soy su comadre, porque ahora
ella es cristiana". Luego la viejita me mira y me pregunta, "¿Qué
cree ella? ¿Qué soy animal?" Existen dos definiciones de lo que es ser
cristiano en esta conversación, la de la viejita y la de su anterior comadre.
Para esta última los únicos que son cristianos son los que pertenecen a su
secta o denominación religiosa. Evidentemente cree que la única iglesia
verdadera es la de ella y hay que militar en ella para ser cristiano. Conlleva
la idea de que la iglesia de uno es coextensiva con el reino de Dios, y afuera
de ella no hay salvación. Pero está claro que un nuevo nacimiento es esencial
para entrar al reino de Dios (Juan 3:1-7) mientras que uno comienza a formar
parte de la iglesia por el bautismo (Hch. 2:41).
Pero
la viejita tiene otra definición. Para ella todo ser humano es cristiano, pues
solamente los animales no lo son. ¿Es cierto que todo ser humano es cristiano?
Por supuesto que no. Hay millones de hindúes, musulmanes, judíos, agnósticos y
ateos en el mundo. Ellos no se consideran cristianos y no quieren serlo. Además
muchos de ellos son moralmente buenos. Así como someterse o ser sometido como
infante al rito de bautismo no le convierte en cristiano[1]. Tampoco
ser miembro de determinada iglesia garantiza a que uno lo sea. Lo mismo aplica
a la conducta. Ninguna de estas cuatro definiciones son satisfactorias.
La definición bíblica
Para
una definición aceptable de lo que es ser cristiano es esencial comenzar con su
sentido histórico. Aparece la palabra cristiano en tres ocasiones
en la Biblia (Hechos 11:26; 26:28; 1 Pe. 4:16). El contexto de Hechos 11:26, la
primera vez que se usó, nos permite entender su aceptación original y nos sirve
de base para nuestra definición en el día de hoy. Especifica que fue en
Antioquía de Siria donde por primera vez los discípulos fueron
llamados cristianos. Está claro entonces que ser cristiano
significa ser discípulo, que en el Nuevo Testamento es un término más amplio
que una referencia exclusivamente para los apóstoles. Además, el único apóstol
en Antioquía fue Pablo. Los demás estaban en Palestina en ese momento. Los
discípulos incluían entonces a cualquier seguidor de la persona que es el
centro de la palabra cristiano, es decir, de Cristo. Los discípulos eran
seguidores, aprendices o partidarios del Mesías que se identificaba con Jesús
de Nazaret. Es evidente que con el tiempo el término cristiano
reemplazó los otros términos usados anteriores para referirse a los de Cristo,
tales como creyentes (Hch. 5:14; 1 Ti. 4:12), santos
(Hch. 9:13, 32, 41; Ro. 1:7), hermanos (Hch 6:3; 10:23; etc.), los
escogidos (Col. 3:12; 2 Ti. 2:10), la iglesia del Señor
(Hch. 20:28), los siervos (esclavos) de Dios (Ro. 6:22; 1 Pe
2:16), los del camino (Hch. 9:2; 19:9, 23; 22:4; 24:14, 22) y los
discípulos (Hch. 6:1, 2, 7; 9:1, 36; 11:26; 19:1-4).
El
centro de la vida de los primeros cristianos fue Cristo Jesús. Eran seguidores
de Jesús, el Cristo o el Mesías, el Ungido de Dios. Pedro lo confesó como
"el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mt. 16:16) y Marta lo
identificó como "el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir"
(Jn. 11:27). Los apóstoles tenían el deber fundamental de haber sido testigos
oculares de Jesucristo durante su ministerio público (Hechos 1:8). Está claro,
entonces, que según la tradición apostólica es el vínculo de fe o relación de
discipulado lo que convierte a uno en cristiano. Únicamente ha de llamarse
"fe cristiana" aquella que centraliza en la persona, las enseñanzas y
la obra de Jesucristo. Se fundamenta sobre esa figura histórica. La esencia de
la fe cristiana es la experiencia personal de fe en Jesús, el Cristo.
Cabe señalar que es esencial
especificar cuál Cristo, pues hay muchas diferentes definiciones del vocablo Cristo.
Obviamente en su primer uso en Antioquía se trataba del Cristo tal como se
conocía en la tradición apostólica que hoy tenemos en las Sagradas Escrituras.
La identificación del verdadero Cristo
Hoy
existen muchas identificaciones del Cristo que para mucha gente forman la
esencia de su comprensión de la palabra Cristo, aunque en su mayoría provienen de fuentes no
apostólicos, pues hay muchos que no han leído la Biblia y hay otros que no
están dispuestos a someterse a su autoridad. Existen varios conceptos del
Cristo que han surgido posterior a los apóstoles del primer siglo.
1. El
Cristo de la devoción. Tanto Hans Küng como Raymond Strong hacen referencia
a esta imagen mental que tienen muchas personas. Algunos ejemplos de esto son
el "dulce Jesús", "Jesús del Sagrado Corazón", "El
Cristo del crucifijo" que agoniza, el "niño Jesús", el
"niño Dios", "Jesús el bebé en los brazos de su madre" y el
Cristo hermoso que no ha sufrido dolor alguno. La esencia de varios de estos
conceptos es un Cristo impotente e incapaz de defenderse a sí mismo y por ende
tampoco dispone del poder necesario para ayudar a sus seguidores.
Por
supuesto existe la semilla de verdad en estas ideas pero son constructos
intelectuales insatisfactorios por ser parciales, incompletos o distorciones
que contienen contradicciones. A veces se prestan para confundir al Padre con
el Hijo, identificando a los dos indistintamente como Dios y en otras para
manipulaciones a favor del deseo del devoto.
2. El
Cristo del dogma. El dogma se refiere a las enseñanzas o doctrinas
oficiales de la iglesia. Con frecuencia los dogmas son el resultado de las
decisiones de los primeros grandes concilios ecuménicos desde el Siglo IV al
Siglo VIII d.C. En general sus pronunciamientos principales son aceptados por
las iglesias hoy y a veces se sigue utilizando la misma terminología técnica
que se deriva de la filosofía helénica y del lenguaje griego en vez del vocabulario
hebreo más sencillo que usaban los apóstoles. Por ejemplo, en el primer
Concilio de Nicea (325 d.C.) se definió a Jesús y al Padre como la misma
sustancia ("consubstancial") y en el Concilio de Calcedonia (451
d.C.) se dice que Jesús es también consubstancial con los seres humanos, pero
que es una persona que une las dos naturalezas sin confusión, división o
separación y que Jesús es Dios-hombre y "unión hipostática".
Aunque
es obvio que estos conceptos definidos en términos filosóficos griegos expresan
verdades y principios que forjaron la solución tradicional acerca de Cristo,
está claro que distan mucho de ser la expresión de la fe simple que aparecen en
los libros sagrados apostólicos. Además con frecuencia su terminología ni se
entiende hoy o se presta para confundir a las personas.
3. El
Cristo de la experiencia mística. Se trata de la definición del Cristo en
términos de las experiencias subjetivas personales diarias u ocasionales. Se
trata de la búsqueda de sentir a un Cristo más milagroso en la vida de uno cada
día. Se trata de identificar al Cristo del cristianismo con la experiencia
extática en un momento de unión mística con Dios. Entonces se define el Cristo
en términos de la experiencia subjetiva personal más bien que a base de la figura
histórica de Jesús de Nazaret. Se le divorcia del Cristo de la historia
convirtiéndole en nada más que la experiencia mística individual con el Uno.
Como
en los otros casos ya examinados existe algo de verdad en esta identificación
de Cristo. Debe haber la experiencia subjetiva pero siempre en conjunto con el
Cristo objectivo de las Sagradas Escrituras en la experiencia de la fe
cristiana. No basta solamente tener el concepto mental correcto sin una
apropiación del Cristo dentro de la vida por medio de experiencias vitales (Jn.
1:14, 17; 4:23). De otro modo es una fe en una creencia histórica sin la
participación directa de uno en ella.
4. Cristo,
el guerrero, el revolucionario. Hoy hay algunos que conciben a Cristo como
un guerrero o revolucionario que vino para destruir el establecimiento. Vino
para tumbar las estructuras socio-económicas con el propósito de poner a los
pobres en el lugar de los ricos que los domina y controla. Para algunos es
lícito el uso de cualquier medio para lograr el cambio, sea violento o
democrático, pues Cristo no escatimó el uso de la violencia, echó afuera del
templo a los ricos. Para lograr este fin hoy las balas y bombas sirven tanto
como los votos.
Está
claro que existe algo de verdad en este concepto, porque en una ocasión Jesús
sacó a los comerciantes de la casa de Dios. Así no estaba dispuesto a
"bautizar" el establecimiento religioso de su día. No obstante, no es
la idea central en la figura de Jesús, el Cristo, según los apóstoles, pues de
otro lado mandó pagar a César lo que era de César (Mt. 17:24-27 y Mt.
22:15-22). Más bien, se daría su revolución espiritual por medios apacibles,
pues en vez de convocar a los ángeles a defenderse se sometió voluntariamente a
la muerte vergonzosa de la cruz.
5. Cristo,
un gurú. Los líderes religiosos y espirituales del oriente y en especial de
la India con frecuencia se llaman gurús. Existen dos vertientes del concepto de
Cristo como un gurú, uno del oriente y el otro del occidente. En el occidente a
través de los siglos muchos han querido ensalzar a Jesús como un gran maestro
moral y espiritual. Están dispuestos a aceptar sus enseñanzas sin ser
seguidores personales de él como el Mesías. De otro lado en el oriente y en
conjunto con el esoterismo[2] de hoy
se demuestra una disposición de aceptar a Cristo como uno de los grandes
maestros divinos (avatares) que hayan venido al mundo a través de
los siglos en momentos de crisis para ayudar a la humanidad. Algunos aun lo
aceptan como el avatar de los avatares, pero de
ninguna manera lo aceptan como el único y el definitivo Cristo (Mesías
profetizado) o "avatar". Se le considera uno de los grandes maestros
que enseñaba y practicaba las enseñanzas fundamentales del misticismo
espiritual de la India. No obstante para el cristiano Jesús, el Cristo, es el único
de su clase, pues como Hijo único de Dios comunicó la revelación definitiva de
Dios.
6. Cristo,
la Energía Cósmica y a la vez el alma de uno. Esta designación de Dios o de
Cristo como la Energía Cósmica le conceptúa como una Fuerza impersonal que es
la suma de las partes del universo. Se dice además que el Cristo se encuentra
en todo ser humano y sólo hay que reconocer su existencia adentro de uno. De
esa manera un fragmento del Alma Universal se encuentra en cada ser humano, o
sea, adentro de cada uno es el Cristo, que suelen identificar como la chispa
divina dentro de todos nosotros la cual tenemos que descubrir y desarrollar.
Obviamente
éste no es el Jesucristo, el Rabí de Nazaret que era el centro del Cristianismo
en la iglesia primitiva, aunque es cierto que existía el concepto apostólico
del Cristo que regía el cosmo como un ser soberano y trascendente (Col.
1:15-20).
Ninguna
de los seis imágenes mentales o conceptos de Cristo ya mencionados constituye
el Cristo, el centro de la vida de los primeros discípulos que fueron llamados
cristianos por primera vez en Antioquía de Siria. Se localiza ese Cristo
original y genuino dentro de la tradición apostólica de la Santa Biblia.
Para
conocer al Cristo que fue el centro del cristianismo del primer siglo es
esencial limitar la búsqueda a la tradición apostólica de las Sagradas
Escrituras debido a que son las únicas fuentes primarias acerca de él.
Son los "únicos registros históricos que nos brindan información auténtica
y autoritaria" de Jesucristo debido a que no hay ningún otro documento que
proviene de testigos oculares y participantes de su ministerio durante el
primer siglo. Por supuesto existe información adicional de su época, aunque muy
poca, en escritos judíos y paganos que proveen lo suficiente para constatar la
figura de Jesús como histórica[3]. No
obstante, los documentos bíblicos apostólicos del Nuevo Testamento y en
particular los cuatro evangelios contienen la información más detallada acerca
de la vida, las enseñanzas y la obra de Jesús, el Cristo. Los cuatro evangelios
de Mateo, Marcos, Lucas y Juan se unen dentro de una diversidad en su enfoque
de él como una persona humana-divina que reveló un mensaje único y espiritual
para hacer posible la salvación y formación del pueblo de Dios del nuevo pacto.
Los títulos más usados
Los
títulos principales usados por los apóstoles nos pueden servir para comprender
mejor quién era Jesús de Nazaret. Los siguientes cuatro títulos son los más
frecuentemente usados. Primero, está el título del Señor. Es la
traducción de la palabra en griego de kyrios. Forma parte del
primer credo de la iglesia cristiana: "Jesús es el Señor" (Ro. 10:9;
1 Cor. 12:3; Fil. 2:11). Así los primeros cristianos y en especial Pablo al
usar este título identifica a Jesús definitivamente como divino a base de su
resurrección (Hechos 2:36; Ro. 1:4; 14:9; Fil. 2:10-11), la cual demostró su
señorío universal (1 Cor. 8:6; Col. 1:15-20). En la Palestina los primeros
cristianos al orar en arameo usaban el título "mar" que significaba Señor
(compara "mar anatha", "ven Señor" de 1 Cor 16:22 y Apoc.
22:20). En la Septuaginta (la Versión de los Setenta) se traducía en el Antiguo
Testamento Jehová (Yahvé), el nombre personal del Dios del Antiguo Pacto como
Señor (kyrios). Y los apóstoles en el Nuevo Testamento
identifican a Jesucristo como el Señor (comp. Fil 2:3-12 y Lucas 2).
Un
segundo título para Jesús es Cristo, una transliteración del
griego que a su vez es una traducción del hebreo que quiere decir el
Ungido. Su transliteración del hebreo es el nombre Mesías.
Tiene referencia a la práctica de consagrar a un hombre a una misión real,
profética o sacerdotal, al derramar aceite de olivo encima de la cabeza. Aunque
Jesús normalmente evitaba el uso de este título debido a que en sus tiempos la
interpretación predominante de los judíos era de un Mesías que sería un
gobernante real que fuera el rey que iba a regir al mundo desde Jerusalén. Los
sinópticos identifican al Espíritu Santo en el bautismo como el que ungió a
Jesús (comp. Isaías 61:1). Después de la resurrección de Jesús los apóstoles
usaban este título con frecuencia para designar al Mesías divino que fuera
exaltado a la diestra de Dios mismo.
El
Hijo del hombre, un tercer título, fue el más
usado por Jesús para referirse a sí mismo. Con frecuencia se trata de una
autodesignación de Cristo para sí mismo, una forma de referirse en tercera
persona, tal vez comparable en español a la expresión "su servidor".
En otras ocasiones se usaba ese título como uno de los más exaltados del Mesías
celestial. Pues su uso remonta al uso en Daniel 7 para referirse a uno
vindicado a quien se entrega un dominio eterno luego de resistir los ataques de
los enemigos del Anciano de Días (se amplia más el concepto de su persona en 1
Enoc, un escrito del período intertestamentario). El Hijo del hombre así describe
su vocación, pues evidentemente Jesús entendió su misión como uno llamado en
cumplimiento del Hijo del hombre descrito por Daniel. Además es probable que
existan implicaciones de uno llamado a ser el representante de Jehová en un
tiempo de prueba y crisis (Eze. 2:3; 3:4-11) quien fuera lleno del Espíritu de
Dios y que le guiaba en su misión (2:2; 3:12, 14, 24). Aun más sugiere que el
Hijo del hombre es el descendente verdadero de Adán a quien se le da dominio.
Cuando se combina este título con el del Hijo de Dios, señala a un siervo justo
designado por Jehová, a quien se le da autoridad para reinar sobre la tierra.
Un cuarto
título el Hijo de Dios que incluye Hijo e Hijo
unigénito o único sugiere primeramente un Mesías real
(Marcos 1:11; Mt. 3:17; Lu. 3:22; Jn. 1:34) y luego su connotación en el mundo
romano designa la divinidad de Cristo, sin sugerir en ningún momento que no
fuera humano. No tiene nada que ver con la idea sexual de reproducción. Tampoco
sugiere inferioridad al Padre, pues con frecuencia los hijos superan a sus
padres. Señala más bien la idea de que Dios y su Hijo son de la misma
naturaleza y esencia y como tal éste goza de la relación más íntima posible con
Dios. Debido a esa unión está capacitado a dar a conocer a ese Dios en todos
sus aspectos.
La
preexistencia y la encarnación de Cristo
Existen
otros títulos bíblicos para Jesús que se usaron con menos frecuencia, tal como
la Palabra, el hijo de David, Rabí
(Maestro) y el Salvador. Aunque Salvador no se usa
mucho en la Biblia como título separado de su nombre, en otro sentido sí se usaba
cada vez que aparece el nombre de Jesús, puesto que quiere decir "Jehová
salva", "Jehová salvará" o "Jehová es salvación".
La
referencia al Mesías en su existencia antes de su encarnación en el prólogo del
Evangelio de Juan (1:1-18) como la Palabra o el Verbo
(comp. también 1 Jn. 1:17 y Apó. 19:13) arroja mucha luz sobre su persona y su
misión única.
La
eternidad de la Palabra se expresa al indicar que ya
existía en el principio. La Palabra es una
traducción del griego, Logos, que también se traduce como Verbo.
Tengo una preferencia para Verbo debido a la descripción del Logos
como un Ser dinámico y activo, pues se encuentra en constante acción[4] más bien
que estático o pasivo. Indiscutiblemente en el principio, frase que se
repite dos veces, tiene referencia a Gén. 1:1 que dice que "En el
principio Dios creó el cielo y la tierra". Por consiguiente, dicha frase
preposicional se refiere al comienzo del mundo, del ser humano, de la historia
de la humanidad y del espacio-tiempo. Está claro que externo a ese mundo creado
ya tenía existencia la Palabra aparte y separado del universo. Por lo tanto, su
existencia no dependía de él, sino se especifica lo contrario en el v. 3. El
verbo imperfecto en griego usado tres veces (1:1-2) significa una existencia
continua, probablemente sugiriendo una existencia que no está limitado por el
tiempo.
¿Existía
la Palabra a solas antes de la creación o en la compañía de Otro? ¿Cómo era su
existencia? Tenía una doble relación personal con Dios. A la vez que estaba
con Dios, era Dios. Se repite la primera relación por
segunda vez en v. 2. Una repetición en el lenguaje bíblico era una manera de
dar énfasis a una idea. La preposición griega traducida como con
sugiere la idea de que los dos estaban cara a cara, frente a frente uno con el
otro en términos de compañerismo perfecto de igualdad y con lazos mutuos muy
íntimos[5]. La
Palabra entonces estaba en la presencia de Dios. No era un atributo de Dios o
un poder que emanaba de El; como Ser personal los dos disfrutaban de una
comunión mutua de confianza. En el griego su deidad es enfática, y ésta subraya
la unión del Dios invisible con la Palabra. Su repetición dos veces recalca que
en algún sentido los dos eran separados o tenían una existencia no mediada en
la presencia del otro mientras que la frase era Dios señala una
relación idéntica, o sea, que los dos participaban de la misma naturaleza o
esencia divina.
Una
traducción de la Biblia[6] que
circula en el país rechaza la identidad de naturaleza de la Palabra y Dios. Por
lo tanto distingue entre los dos traduciendo la palabra Dios primero
con letra mayúscula y la segunda vez con una minúscula. Entonces se lee la
Palabra "era un dios".
Desde
el punto de vista teológico esta forma de traducir el texto original presenta
un problema de inmediato. Si hay un Dios y también un dios,
o sea un Dios con letra mayúscula y otro con letra minúscula, ¿cuántos
"Dioses" hay? Por supuesto esa traducción manifiesta a un Dios con
gran poder, el Todopoderoso, y junto con El hay otro "dios" que tiene
menos poder, un dios finito que es inferior al primero. Así que señala la
existencia de DOS DIOSES, no uno. En tal caso Juan estaría
enseñando el politeísmo más bien que el monoteísmo. Así que desde el punto de
vista teológico es totalmente inaceptable esta traducción. Pero el factor
determinante es la gramática griega. Aunque no aparece un artículo definido
("el") después del verbo ser (Eimi) en
griego, ese verbo no lo requiere para señalar la idea definida más bien que lo
indefinido ("un"). Por ende, tanto gramática como teológicamente es
imprescindible traducir el pasaje como era Dios.
De
esa manera señala que la Palabra no solamente se encontraba en la presencia de
Dios sino también gozaba de la misma naturaleza divina, la misma esencia, el
mismo carácter, la misma mente, la actitud exacta de Dios y la cualidad de vida
eterna con todas sus grandes riquezas. Pues tenía una existencia anterior a la
creación en la presencia de Dios y a la vez era de la misma
"sustancia" de Dios. Cabe señalar que siendo Dios, la Palabra en esta
etapa no era nunca un ángel, mucho menos el arcángel Miguel.
Tampoco era un extraterrestre procedente de otro planeta más desarrollado y por
ende superior al hombre. Ni siguiera era solamente un aspecto de Dios, su
sabiduría, que revelaba ideas sabias acerca de Dios. Concluimos, pues, que en
estos dos versos trascienden estas nociones: la Palabra era un Ser eterno de
naturaleza divina en la presencia de Dios Padre, gozando de su confianza, y por
lo tanto igual a El (vv. 14 y 18).
El
v. 3 aclara la cualidad eterna de la Palabra aun más en su relación con la
creación temporal, pues la Palabra era el Creador o con más
exactitud se puede afirmar de que era el único agente de creación,
puesto que creó absolutamente todas las cosas, sin excepción. No es posible
insertar las palabras "todas las otras cosas" sin cambiar totalmente
el sentido original en este evangelio. En lo absoluto existían cosas aparte de
la actividad creadora de la Palabra. Eso se recalca, pues lo dice primero
positivamente y luego negativamente. Desde luego significa que la Palabra no
fue una creación, porque como el Agente de la creación hizo todo
sin excluir nada y por supuesto no creó a sí mismo, pues ya existía. La
Palabra era indispensable para la existencia de cada átomo que fuera creado y
de todas las otras partículas microscópicas (comp. Col. 1:15-17). Cabe señalar
que en la secuencia de los tres versos la Palabra es primero, luego su acción de creación. O sea, el
pensamiento precede la acción. Dios pensó bien sus planes, luego los ejecutó.
En
vv. 4-5 se identifica a la Palabra con dos temas adicionales que aparecen con
frecuencia en el evangelio de Juan. El apóstol afirma que la Palabra es la
fuente esencial de la vida y la luz. La vida surge
de la vida, ninguna cosa viva surge de una sustancia inerte. La Palabra es el
que da vida[7] la
cual es lo contrario a la destrucción, la condenación y la muerte. Es el poder
del Logos que crea y sostiene la vida en el cosmos. De esta
manera el apóstol niega la idea de que todo es materia.
Una
cualidad muy importante de esa vida es la luz que ilumina
dondequiera; es universal. No se trata de una luz limitada dirigida a un
segmento de la humanidad como un grupo étnico, más bien sigue brillando sin
distinción entre "todas las naciones y razas y pueblos y lenguas" de
todo el planeta. De hecho la luz despeja o vence las tinieblas o la oscuridad
que es el pecado, la incredulidad y la mentira a pesar de que encuentra
resistencia que trata de apagarla. Eso señala la existencia de la fuerza del
mal como un enemigo o adversario de la luz, la Fuerza del Bien. Las dos fuerzas
son separadas una de la otra. Son dos fuerzas distintas -- no dos lados de una
y la misma Fuerza eterna. Pero este dualismo del apóstol, igual que en Gén. 3,
no es eterno con las dos fuerzas imposibilitadas a vencer una a la otra, sino la
luz puede más que las tinieblas, pues tuvo victoria sobre los propósitos de las
tinieblas y siempre la tendrá. La luz invencible despeja el caos y el desorden
de la noche oscura para formar un universo ordenado y estable. Reemplaza la
maldad y la ignorancia con la bondad y la sabiduría de la Palabra. Cabe señalar
que la luz NO se refiere a los secretos y misterios metafísicos que se enseñan
a los iniciados de ciertos movimientos esotéricos.
En
vv. 6 al 8 se rechaza la identidad de la luz con el gran e influyente profeta
conocido como Juan el Bautista, pues éste no era nada más que un precursor o
testigo a la luz para abrir paso para ella y para aconsejar una respuesta de fe
en los hombres. Juan no era la luz como evidentemente creían algunos de sus
discípulos en Asia Menor (comp. Hch. 19:1-7). Su popularidad era tal que Juan
el apóstol sentía obligado a desprestigiarlo dos veces en este prólogo y en
otras dos ocasiones en narraciones en el capítulo 1 (1:19-28 y 29-34). Aunque
Juan el Bautista era un gran profeta, y en ese sentido se podría decir que era
una antorcha (Jn. 5:35), v. 9 señala terminante de que no era la luz
verdadera o la genuina con la misión de alumbrar o iluminar a todos los
seres humanos de todas las naciones. No tenía una misión universal sino local
entre los judíos nada más. Al contrario la Palabra venía desde afuera del
mundo, o sea de la infinidad, con su misión de gran significado para todas las
razas humanas. Su misión universal también se profetizaba en diversas ocasiones
en las profecías mesiánicas (comp. Gén. 12:3; 49:10, Sal. 2:8, Miqueas 5:4; Is. 9:7)[8].
Señala
el apóstol además de que la Palabra venía a este mundo. De manera
que estaba externo al planeta tierra y no era originalmente uno de los
habitantes terrícolas, pero en vez de permanecer en esa relación trascendente
entraría a este mundo para arrojar luz a todos los seres humanos. De hecho
todas las referencias al Logos hasta este punto le señalan como trascendente
-- más allá de la creación; pues existía anterior a ella y nada creada tenía
existencia aparte de la Palabra. Era eterna mientras que la creación tenía un
comienzo histórico. Al venir al mundo lo trascendente se transforma en inmanente
-- comienza a tomar una existencia adentro de su creación como si fuera un ser
creado y participa de las limitaciones de los seres creados, incluso la muerte.
En su inmanencia la Palabra estaba temporeramente en el cosmos (v. 10). Se
sometió a una existencia adentro de ese mundo, lo cual es trágico y paradójico,
pues el mismo Creador o Agente de creación habitó con las criaturas del mundo
como una de ellas, pero no se dieron cuenta de su verdadera identidad. No le
reconocieron. Para el apóstol su humildad es esencialmente incomprensible.
Aunque no provino de un planeta con habitantes extrahumanas, llegó a vivir en
el mismo mundo que El había creado, más aun formó parte del pueblo que Jehová
había libertado de la esclavitud, pero esas criaturas que formaban parte de su
propio pueblo escogido por El le dieron sus espaldas. No lo recibieron.
Imagínese la intensidad de su ceguera y la falta de gratitud de ellos! Pero el
rechazo aplica por igual a todo el mundo habitado.
No
obstante el repudio del pueblo entero, algunos individuos o segmentos dentro de
esa población sí lo recibieron en sus corazones y creyeron
de corazón en El. Y esa respuesta de fe genuina en su interior les separaba de
sus otros compatriotas israelitas e hizo posible que ellos gozaran de una
relación inimaginable anteriormente. Se les concedió una relación de privilegio
(v. 12) que desconocían los otros. Puesto que se trata de una prerrogativa y
una preeminencia que los demás no pudieron recibir, no toda la humanidad que se
beneficia de la luz que lucha contra las tinieblas se transforma en hijo
(teknon) de Dios, sino únicamente los seres humanos que creen de verdad
en su nombre y le reciben en sus corazones. Además el hecho de que se trata de
una relación de privilegio que Dios concede, no todos pueden recibir el mismo
honor de ser regenerados. Los otros son únicamente criaturas por creación, pues
no se han sometido a la condición de fe.
No
son hijos de Dios por naturaleza (v. 12). No lo son por haber nacido
de la raza humana o de ciertos padres o antecesores. No es por ser homo
sapiens o seres humanos que ostentan el privilegio de ser hijos de Dios. No
hay nada de la naturaleza divina dentro del ser humano. Su alma o su espíritu
no es divino. El hombre, un ser creado de las cosas finitas, es por esencia un
ente distinto a lo divino. El problema hoy del hombre no es su ignorancia de su
propia identidad divina innata, como afirman algunos[9], pues su
sustancia no es de la misma materia que la de Dios. Así que uno no es hijo de
Dios por herencia natural o por ser hijos de padres religiosos o escogidos de
Dios.
Tampoco
puede lograr convertirse en hijo de Dios por medio de sus deseos
puramente humanos, por voluntad propia. Aunque
desear ser hijo de Dios es bueno, el ser humano es incapaz de hacerse divino
aunque esté dispuesto a acatar a toda clase de rito y sacrificio. Es impotente
para cambiarse en ser divino aunque se propone a controlarse moralmente
tratando de llevar una conducta intachable. Tampoco puede lograr esa meta
encomiable por medio de sacrificios y auto imposiciones de sacrificios y yogas.
El anhelo más sincero o apasionado no puede transformar la naturaleza humana en
una divina. Sólo Dios puede lograr eso; toda la obra es de Dios, porque
únicamente El los puede engendrar. Juan introduce aquí el nuevo nacimiento o la
regeneración que Jesús mencionó en su conversación con Nicodemo en Juan 3[10] y la
doctrina paulina de la adopción (Gá. 4:6-7 y Ro. 8:14-17). Además esta
filiación es distinta a la relación eterna que tuvo el Hijo (huios)
único de Dios la cual es exclusiva de la Palabra. Cabe señalar que la condición
indispensable para uno llegar a ser hijo (teknon) de Dios es el
vínculo de fe con la Palabra humanada.
Así
que la Palabra se hizo hombre (v. 14). Se humanó en un momento
dado[11]. Lo
eterno se hizo finito. La luz universal se hizo particular. Se convirtió en
carne y comenzó a vivir entre los otros seres humanos (1 Jn. 4:2-3). No era que
aparentaba serlo, o que solamente se parecía. Tampoco era una visión, un
fantasma o espíritu desencarnado que no sentía hambre, sed, cansancio, dolor o
muerte, pues se hizo de verdad lo que no era por naturaleza.
Tampoco quiere decir que Dios moraba dentro del ser humano. Más bien lo
trascendente se hizo inmanente. Era un ser humano que vivió entre
los apóstoles y su pueblo. Ellos fueron los primeros en tener experiencia con
él como ser humano; lo vieron con sus propios ojos, lo tocaron con sus manos y
lo escucharon hablar (1 Jn. 1:1-3).
En
su vida humana se caracterizaba por su gracia o amor y la verdad. No estaba
lleno de pura emoción o sentimiento o misericordia. Junto con esa subjetividad
traía la verdad objetiva acerca de la realidad del hombre (comp. v. 17 y Jn.
4:23). Era tierno pero realmente justo. Una experiencia emotiva y mística sin
la correspondiente verdad objetiva de la realidad espiritual revelada por Dios
tiene un valor parcial e incompleto. Se tiene que completar la búsqueda de lo
milagroso de la vida y la experiencia de ella con la verdadera luz de la
enseñanza de la Palabra viva. Al ser lleno de estas dos
cualidades, ese hombre e Hijo único no permitía nada a medias, incluso la
justicia. No era uno de una jerarquía o serie de emanaciones inferiores, sino
perfectamente lleno de las cualidades divinas.
Los
apóstoles eran testigos oculares de la gloria divina que
"tabernaculó" temporeramente entre los hombres. La poderosa presencia
visible de Dios entre los hombres se manifestó en Jesús el ser humano que era
la gloria divina que existía ya en el Logos en el principio. No
era una gloria común y corriente sino un esplendor especial y diferente, la del
único Hijo eterno. Esta relación filial con Dios (v. 1) era una
relación única que ningún otro ser podría experimentar o reclamar.
En v.
15 por segunda vez en el prólogo el apóstol aclara que Juan el Bautista no era
ese hombre e Hijo único de Dios y esta vez cita como evidencia las mismas
palabras de ese gran profeta que señalan su inferioridad debido a su origen
posterior al Mesías.
El
Hijo único compartía sus grandes riquezas con todos los hijos de
Dios y, como reflejo de la gracia común, con toda la humanidad. Los que creían
en El recibían estas bendiciones continuamente según la necesidad del momento y
sin límite en cuanto al número de ellas. Sentían repetidamente la felicidad
espiritual en sus vidas (v. 16). Eran dotados una y otra vez del amor o la
gracia y la verdad por Jesús, el nombre de la Palabra durante los días de su
carne, que significa "Jehová o Yavé salva". Se identifica a Jesús
como el Cristo, el Mesías, el ungido de Dios, cuya existencia en el mundo hizo
realidad completa el amor y la verdad de Dios. Esa realidad que antes era sólo
parcial se completó en Jesús al unir lo subjetivo con la verdad objetiva.
Se
contrasta lo que era peculiar de Moisés, la ley -- que sugiere el legalismo,
las prácticas legalísticas y las reglas que gobiernan la vida con rigidez --
con lo que es peculiar a Jesús, a saber, la gracia o el amor y la verdad. Por
medio de su encarnación el Hijo único aumenta la calidad de la vida de sus
seguidores, porque experimentan su gracia, la comprensión, la misericordia y la
compasión. En vez de la ley inflexible e impersonal de Moisés lo personal de
Jesús permite la flexibilidad. La gracia señala un favor no merecido, no
ganado, no logrado por nosotros mismos. El Hijo estaba lleno del favor no
merecido para los culpables del pecado, los desobedientes y los enfermos. Así
los pecadores reciben perdón y los necesitados obtienen ayuda y sostén. Como
pecador el hombre vive en pobreza extrema separada de Dios y con Jesús recibe
grandes riquezas, incluso la bondad ilimitada. No se caracteriza de puro poder
como muchos han pensado acerca de la divinidad, pues nos trajo un amor de una
pureza increíble. En cuanto a la verdad Jesús la encarna, la comunica, nos guía
a ella que nos lleva a la libertad verdadera lejos de las sombras y las
tinieblas.
Antes
nadie había visto jamás a Dios, quien estaba con la
Palabra preexistente y trascendente (vv. 1-2) y era su Padre (vv. 14, 18) y el
Espíritu (Jn. 4:24). Nadie -- ni siquiera Moisés (Ex. 33-34), el que dio la ley
-- había visto con sus ojos físicos al Dios invisible que siempre había
permanecido trascendente mientras su Hijo único se convirtió en un ser humano
viviendo entre su pueblo. Sólo ese Hijo, por su relación filial exclusiva (Heb.
1:1-14) la cual es mucha más íntima que solamente unas miradas con los ojos,
tenía la capacidad de presentar a toda la humanidad a ese Dios desconocido por
los cinco sentidos, pues a la vez era Dios y vivía en
íntima comunión con El, en el seno del Padre. Debido a la
relación dual -- de estar en la presencia divina y ser Dios a la vez (1:1-2) --
era el único capacitado para dar a conocer a ese Dios invisible (comp. Heb.
1:14). No era él un mero siervo o ángel de ese Espíritu de Dios, sino era de
una naturaleza divina como el Padre y gozaba de su presencia más íntima -- una
total, completa y sin barrera. La relación íntima de un compañerismo amoroso
entre Dios y Jesús también seguía siendo tan estrecha que no existían secretos
entre los dos.
Por
eso al vivir entre los seres humanos el Hijo era el revelador exclusivo y
definitivo de ese Dios que nadie jamás había visto. Eso quiere decir
que sólo Jesús y nadie más nos puede decir cómo es Dios, cuál es su voluntad
para nosotros y cómo es el sentimiento, el corazón y la mente de El. Significa
que Jesús es el único en el universo que nos puede revelar sus sentimientos
profundos y sus acciones más sabias. La vida, la enseñanza, el ministerio
público de Jesús, su muerte y resurrección nos revelan la mente exacta de Dios
y su actitud hacia el hombre. De manera que la misión de esta Palabra al venir
en la carne al mundo era comunicarnos en vida la última palabra acerca
de ese Ser Supremo y trascendente. Por medio de su inmanencia en la carne lo
podría hacer realidad concreta y comunicarlo en forma palpable y comprensible
para los seres humanos. No nos revela un atributo de Dios, su sabiduría, o
algún aspecto acerca de El. Nos revela a Dios mismo. En Cristo, la Palabra,
todos los propósitos, planes y promesas de Dios se realizan en forma absoluta y
final.
De
la preexistencia como la Palabra Dios se transformó en carne en la persona de
Jesucristo, lo cual es la doctrina de la encarnación para la fe
cristiana. Difiere de la enseñanza de la reencarnación[12], pues
no se trata del espíritu o alma humano que repetidamente toma diferentes
cuerpos humanos como vehículos en diferentes épocas de la historia, sino se
trata de Dios mismo que una sola vez en toda la historia humana se humilló a
convertirse en el ser humano que conocemos como Jesucristo (Fil. 2:1-11).
Su
linaje humano se subraya especialmente en sus genealogías. Para poder ser el
Mesías, Jesús tenía que ser un descendente de Adán (Gén. 3:15), Sem (Gén
9:25-27), Abraham (Gén. 12:1-3), Judá (Gén. 49:8-12), Isaí y David (Is. 11:1)[13]. ¿Confirman
las dos genealogías de Jesús esto? Efectivamente la lista de los antepasados de
Jesús en Mateo 1:2-17 incluye cuatro de ellos: Abraham (v. 2), Judá (v. 3), y
Isaí y David (v. 6) mientras la de Lucas 3:23-38 contiene los seis nombres:
Adán (v. 38), Sem (v. 36), Abraham (v. 34), Judá (v. 33), Isaí y David (v. 32).
Si uno compara las dos genealogías, se descubre que no son idénticas. Por eso
algunos teólogos han llegado a la conclusión de que la lista de los antepasados
de Mateo es el patrimonio de José, el padre legal de Jesús, y que la de Lucas
es la de su madre María, pues es obvio que el historiador Lucas la entrevistó
antes de escribir su evangelio y que ella aportó muchos detalles acerca de la
niñez del Salvador (Lu. 1:3, 3:51). De ser así entonces Jesús se calificó
doblemente para ser el Mesías, pues tanto su madre como su padre legal eran
descendientes directos de los grandes antecesores profetizados para el Mesías
(comp. Ro. 9:5).
En
conclusión es importante señalar que existen tres formas de negar o
menospreciar la importancia y el significado de la encarnación de Jesucristo.
De un lado algunos argumentan que era nada más que un ser humano de padres
humanos, igual a los demás seres humanos. De otro lado se le identifica
únicamente como Dios. Los primeros normalmente lo identifican como un gran
maestro, un gran profeta[14] o un
hombre perfecto[15].
Eso mismo hacían los compueblanos de Jesús como se ve en la conversación con
los apóstoles en Mateo 16:13-14. Pero Pedro[16]
correctamente le confesó como "el Hijo del Dios viviente", señalando
una relación única y exclusiva con el Padre celestial.
Un
segundo grupo reconoce que hay algo especial acerca de Jesús y afirman su
encarnación. No obstante, para los partidarios de la Nueva Era y el esoterismo
Cristo era uno entre varios avatares[17]. Por lo
tanto, Jesús no reveló la naturaleza de Dios en forma única -- una vez y para
siempre, que nunca sería mejorado, pues otros avatares han revelado al Ser
Supremo en el pasado y lo harán en el futuro. Cuando se le compara con Krishna,
Buda, Kali y otros parecidos, el Hijo único es sólo uno entre pares, un avatar
entre otros avatares. De hecho insisten en que durante los 26 años de silencio
de Jesús, un período que cubre su vida entre su regreso de Egipto a Nazaret con
sus padres y la edad de 12 años y la temporada de su juventud, viajaba a la India
y Tibet para aprender los grandes conocimientos esotéricos de la espiritualidad
oriental. El historiador Lucas en 2:39-52 contradice eso citando la madre de
Jesús como su fuente principal. El escritor sagrado insiste en que durante todo
ese tiempo el hijo de María estaba en Nazaret de Galilea donde se desarrolló
como un niño normal y típico de su época al crecer en cuerpo, conocimientos,
espíritu y en sus relaciones sociales. No sólo eso sino los evangelios dan fe
unánimemente de que Jesús nunca enseñaba las doctrinas cardinales
de las religiones orientales en cuanto a la ley de Karma, la reencarnación, la
meditación, el ascetismo, el panteísmo, el politeísmo y la idolatría[18].
Hay
otro grupo que conceptúa al Hijo únicamente como Dios; no creen realmente que
era un ser humano. Así menosprecian la importancia y el significado de la
doctrina de la encarnación. Lo ven como divino, o Dios, y no como un ser humano
en la historia. No consideran las tentaciones de Jesús como realmente
históricas, ni su sufrimiento ni su muerte. A veces argumentan que nunca cedió
al pecado, porque era Dios. Constantemente hablan de Dios cuando se refieren en
realidad a su Hijo Jesús. Pero el sagrado escritor del libro de los Hebreos en
2:14-18 hace claro que nuestro gran sumo sacerdote Jesús que intercede por
nosotros era un ser humano que sufría de la misma manera que nosotros. Como
consecuencia nos comprende y tiene compasión de nosotros, porque pasó por lo
mismo que nosotros en los días de su carne. Es significativo notar que para
Juan los anticristos son los que niegan la humanidad de Cristo en la
encarnación (1 Jn 4:1-3, 2:18; 2 Jn 7).
[1]Ver
"El bautismo ¿nos convierte en hijos de Dios?" V:4, (Julio-agosto,
1990) de La Sana Doctrina.
[3]Compara los escritos de Flavio Josefo en Las antigüedades judías,
el Talmud Babilónico, la epístola de Plinio el Joven, Cornelio Tácito en Los
anales, Suetonio en Las vidas de los doce césares y
Luciano de Samosata.
[4]"La palabra de Dios" en el Antiguo Testamento señala a
Jehová en acción, específicamente en la creación, la revelación y la liberación
(Sal. 33:6; Isa. 38:4, Sal. 107:20; Isa. 55:11).
[5]A.T. Robinson, Word
Pictures in the New Testamento (Nashville: Broadman, 1932), Tomo IV y
Hershel Hobbs, An Exposition of the Gospel of John (Grand Rapids:
Baker Book House, 1968), 25-26.
[6]La Traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras (New York: Watchtower Bible and Tract Society, 1967).
[9]Ver "Dios, su creación y la nueva era" IV:3 (Mayo-junio
1989), "El pecado", VI:4 (Julio-agosto, 1991) y "Las enseñanzas
de la nueva era" VII:5 (Sept.-Oct., 1992) de La Sana Doctrina.
[10]Ver también 1 Jn 3:1-3 y "El bautismo ¿nos convierte en hijos de
Dios?" V:4 (Julio-ago. 1990) de La Sana Doctrina.
[11]En el siglo VI el monje sirio, Dionisio el Menor, intentó precisar el
año del nacimiento de Jesús y preparó nuestro calendario actual que divide la
historia en a.C. y d.C. No obstante, unos documentos históricos precisan el año
4 a.C. como la fecha de la muerte de Herodes. Obviamente eso señala un error en
el calendario, pues Jesús nació antes de esa fecha. Por eso muchos sugieren su
fecha de nacimiento entre 7 y 5 a.C. Tampoco es posible precisar el mes y el
día de su nacimiento en Belén, pero para incorporar una fecha para conmemorar la
encarnación de Dios en la persona de Jesucristo para el cuarto siglo
d.C. los líderes eclesiásticos optaron por el 25 de diciembre. Cualquier fecha
en realidad serviría, porque se recordaba el evento y la doctrina de la
humillación de Cristo en la encarnación y no se trata del cumpleaños de Jesús.
Esta celebración también combatía la enseñanza de algunos de una adopción de
Jesús como Hijo de Dios en el bautismo.
[14]Compara el Corán de los musulmanes y "Mahoma, el Corán y la fe
islámica", VI:5 (Sept.-oct., 1991) en La Sana Doctrina.